Ese techo, pálido y frio, me demuestra cuán solo es el mundo, cuan diminuto puede ser el mar y cuán grande un grano de arena. Recordé entonces, la última vez en la que pensé haber escrito algo allí, en el techo, pensé haber escrito su nombre, pensé que allí con mis palabras lo había plasmado, pero no es así, las palabras se las lleva el viento. Pensé haberle dicho siempre cuanto le quería, pero eso se va con el aire, tal y como cada suspiro mío se olvido con la lluvia. Pero tal vez no lo pude plasmar con mis palabras, pero mis actos le demostraron, que mi amor fue siempre sincero, que para mí no hay cosa más bella que sus ojos, en los cuales más de una vez me he perdido. Que la inmensidad de mi cariño, es casi tan grande como el negro de su pelo, tan profundo como su respiración. Un amor honesto, honesto como cada una de mis palabras, cada una de mis frases, cada una de mis miradas, con mis ojos cansados, cansados de buscar en cada espejo su reflejo, en cada árbol poder ver su sombra, en cada esquina poderla ver allí parada. Soy aquel que por su sonrisa muere, que se sacrificaría con tal de no hacerle derramar mas lagrimas, aquel que busca señales con las cuales alimentar su loca esperanza, de algún día no tener que mirar atrás para poderle ver, sino que ella este allí al frente esperándome, no con las lagrimas con las que la deje, sino con la sonrisa con la que le vi la primera vez. Soy aquel pobre, que busca un espejismo suyo, en el techo frio en el que la soñó por última vez, la última vez que durmió.
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