Su pelo se meneaba al compás del viento, negro como el ébano, suave como la niebla. Ella lo miraba con su hermoso par de ojos, tan grandes como perlas y tan profundo como el mismo mar. El nunca pudo desviar la vista de ella, de su cuello de piel tan fina y suave como la seda, de piel canela, adornada de tímidos lunares, que le demostraban a el que no era un ángel, que ella era humana, que el podía tocarla, besarla y no desaparecería volando en la bóveda celestial.
Duraron allí, contemplándose frente a frente, cada uno podía ver el alma del otro, a través de sus ojos, la sinceridad y la honestidad, y el amor que cada uno sentía por el otro. Un tierno beso hizo que sus miradas se distrajeran, con los ojos cerrados podían sentir la fuerza del amor que crecía dentro de ellos. El salvado de su oscura suerte, por fin feliz, en medio de tanta desgracia el se sentía iluminado. Ella segura, el la abrazaba en sus brazos, le daba confianza con el latir de su corazón. Al final del beso, una promesa, el siempre le escribiría lo que su corazón le dictara, el nunca cambiaría, siempre la amaría, siempre la trataría como la princesa que era. Ella le prometió por siempre oírlo, comprenderlo y nunca quitarle su apoyo, lo único que el necesitaba en su inseguro caminar.
Al final de su encuentro, un cálido beso en el cuello, sello el amor de el por ella, y con suaves palabras al oído, ella despertó, sola en su apartamento, con el sol entrando por su ventana. Todo había sido un sueño, ella lo anhelaba así, esa era su realidad, el fue creado por ella para ser su salvadora, pero el termino siendo su héroe, porque en el, ella encontraba el escape necesario de su realidad, hacia su fantasía.
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